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El escribidor
Narrar es contar la vida,
todas las vidas merecen ser contadas.
Vamos a contar lentejas
El que habla llegó a la era y el muy tramposo se puso a contar lentejas, que se lo oyó contar a madre María.
Mi bisabuela sabía más de la cuenta porque esa dichosa mujer sabía morirse de memoria. Hasta se quedó en el silencio el hombre.
Domitila Rancel estaba la primera y dijo alto y claro que al tunante le brillaron los ojos al ponerse a contar la vida.

Quién sabe dijo madrea a lo mejor pasan los reyes por la ciudadela. Lo dijo en aquella cocina fría y esmorecía. La estancia era de una pieza dividida por una pared de sacos encalados en bastidores. En un rincón, un fogón entre dos piedras y un pedazo de hule con sus chorreras de grasa. Lo dijo a un rumbo como si fuera un deseo que se escapa del pensamiento.
A fuera había bulla porque andaba por El Cabo un retratista desde hacía tiempo. El hombre llegaba en moto con el artilugio y no era poca la expectación.
La víspera de reyes alumbraba esa tarde y aunque nadie esperaba nada, como decía madre ¿Quién sabe?
Después de dos o tres retratos aquella jurria de chiquillos rodeaban al retratista que se ponía a regalar caramelos de manís.
Nadie supo cómohizo madre, al día siguiente los reyes dejaron en la casa ocho naranjas de la china y un puñado de almendras para cada uno. Los brincos de los siete hijos de Teófila Chinea hicieron que a la madre dichosa se le encendiera la cara y se le pusieran aguachentos los ojos.
Esto se cuenta y no se cree.
Pues si sembramos la tierra, ella y yo la sembramos. Un pedazo de tierra y poco más. De Avelina son sus pies y sus manos quien en la casa gobierna, ando medio averiado y esta pierna me da mucha conversación y ahí vamos, lo que Dios quiera ¿verdad?
Este año nos llovió tarde y poco. Mírela, la ve, los terrones parecen piedras y esta la tierra con modorra, cansada como si tuviera sueño.
Evaristo se limpia la frente con un pañuelo blanco con dos listas amarillas por las bandas. Su rostro es como el paisaje, agreste y duro pero su mirada es aguachenta como si estuviera a punto de llorar pero no llora aunque motivos tiene el hombre.
El año pasado amediándose diciembre se nos allegó una bruma que nos serenaba el pedazo de tierra y poco más. Avelina salía al patio y se ponía a mirar al firmamento y dejaba que aquella bruma le rociara la cara, bien de noche era. El reguero de estrellas y la poca luna alumbraban aquella parte de la tierra.
Esa mujer no cavilaba, hacía la casa y prendía el fuego, sabía vivir sin esperanza, como si naciera todos los días, el que espera desespera ¿comprende? Yo la acompaño, hago lo que puedo, cuando la tardecita llega nos sentamos en el muladar y ella me toma la mano y miramos el cielo y al llano pelado sin bruma, solo algún cuervo rompiendo el vacío y extendiendo sus alas negras como si fuera un mal agüero. Después me canta bajito, me gusta andar con ella porque así a un rumbo, uno qué sabe verdad, ella me sostiene. Ojalá lloviera.
Esto se cuenta y no se cree.
Él es mi único amigo, no tengo a nadie en el mundo, a dónde yo vaya siempre va conmigo. Por aquí no pasa nadie, mire usted que el viento es el único que me toca la puerta, como si me llamara y yo respondo pero no hay nadie solo viento.
Se llama Canelo, así lo llamo y viene meneando la cola. Viene hasta mis pies y me mira con sus ojos amielados casi llorosos. Yo también lo miro y no lo va a creer pero hay días que me veo en él, como si fuera yo perro y hasta me vienen ganas de ladrar y todo.
Hay a veces que los dos nos sentamos debajo de aquella higuera a ver caer la tarde por detrás de aquellos riscos. Es casi como si oráramos juntos y el rosario de las horas va pasando como si nada. Él es mi único amigo, eso ya se lo dije ¿verdad? Estoy viejo ya ve, me da por hablar. Pronto vendrá la noche, así la soledad lo deja a uno con un no se qué en la boca del estómago, serán maguas pa mi idea, ¿entiende?
Entonces Canelo sabe, comprende, viene y se acurruca conmigo en el jergón y la noche no se hace larga sino cobija con la que nos abrigamos los dos.
Esto se cuenta y no se cree.
Eloísa Almenara se quedó toda la noche poniendo paños fríos en el cuerpo enfebrecido de la niña que ardía como un tizón de brasa.
Por el ventanillo pelado entraba un estrago de luz de luna que amarilleaba la estancia y un cromo de la virgen de los remedios enmarcado de lapas y burgados a la que no paraba de rogar para que la criatura se guareciera. Estaban solas en aquel chamizo en medio del llano recortado por una era que parecí un sol de piedra en la mitad de la noche. Médicos no había en toda la redonda, así que no había otra que cargar con la chiquilla hasta la casa grande y pedir ayuda en las cuartearías.
La madre cargó con ella atrancó la puerta y pegó a caminar en medio de la noche cargando con un candil atravesando aquella negrura. Le iba cantando a la niña Antón Pirulero para que la criatura no se durmiera. Eloísa era sola pa todo y bien señalada porque era madre soltera. Era cabrera y ganó fama de hacer buenos quesos. Las cabras eran del dueño de casi todo. Al llegar a las cuartearías pegó a dar voces que hizo que se desatrancaran las puertas. Allí dio con Argelia la mujer de Miguel el Gripe. Tomó a la criatura y la metieron en una pila de agua fría para que se aflojara la calentura pero aquello no se aflojaba.
Corrieron a la casa grande donde doña Juana Bello las recibió desvelada por las voces de aquel reguero de la gente de las cuartearías que acompañaban a Eloísa y la criatura. Doña Juana muy pronta, mandó a llamar al médico al que fueron a buscar en fotingo. Cuando le pusieron el remedio la niña dejó de temblar y si estaba de morirse no se murió. Eloísa salió al patio y miró de frente el llano, los cardones y los balos recortaban la noche oscura. Allí se cayó de rodillas y le entró una llantina que le mojó el rostro, después miró al cielo, se limpió con las manos la cara y guardó silencio asintiendo como si conversara con alguien.
Esto se cuenta y no se cree.
Aurelia era desconfiada, se acordaba de cuando los días de la guerra. Ella y su madre sintieron el aliento de aquella barbarie muy cerca y por eso apretaban los labios, abrían bien los ojos y ponían tiesas las orejas.
Aquellos hombres en una parada para mandarse el condumio, conversaban por el asunto de lo de la radio qué había comprado la mujer de Adolfo, el encargado. El dueño de casi todo se lo dijo alto y claro desde la montura de su caballo: — esa radio no me gusta Don Adolfo, usted sabe verdad…
El hombre lo miró a los ojos encandilado por la luz del sol y poniéndose de visera la mano. El amo parecía una aparición fantasmal.
Entonces cómo el silencio pesaba más que losa chasnera, el dueño de casi todo lo rompió hablando claro y alto: — Dile a tu mujer que si quiere radio que cante¿estamos?
Adolfo agachó la cabeza y se fajó la camisa blanca que traía. Se retuvo tanto que se le heló la sangre.
Esto se cuenta y no se cree.
El domingo no se trabaja, es el día que toca ponerse el terno y cambiar el sombrero de brega por el de pretender. La dignidad la pone cada uno como Dios le da a entender.
Los tres hermanos eran viudos y se fueron juntando después de dar a la tierra a sus mujeres. La tremenda es lo que tiene. A las tres se las llevó una chumbasera que parecía la fin del mundo.
Un desconsuelo tan grande sólo se entiende en carne propia decía el de en medio. Los domingos después de misa se quedaban los tres en la plaza. Empezaban conversando qué si al padre cura se le trababa la lengua, que si había mucha o poca gente y cosas así. Después llegaba un silencio gota a gota hasta que se hacía caudal dentro de cada cual. No era incómodo para ninguno aquella quietud. Los embargaba un embeleso tal que había gente que al verlos se santiguaban porque parecían Santos de palo en un retablo al aire por una banda del templo.
Esto se cuenta y no se cree.
Echar el rato en aquel mentidero sentados rente al suelo,era cosa de la tarde y el último sol de los muertos ,era la orilla para los que no llevaban reloj.
Aquiles el de Geroncia la de las Casas altas empezó a escupir más de la cuenta y tosía bien ronco. El hombre ya tenía años hasta en el cielo de la boca.
Allí coincidían cada cual con su derrota, la vida tiene su dolor y sus días de fiesta. Aquella esquina tenía sus asiduos fijos y algún que otro que de vez en cuando se paraba a conversar con el canalero, una autoridad en todo lo que tuviera que ver con el agua.
Lo de Aquiles fue cosa muy comentada. Empezó con lo de la mosca, una que si la mirabas de frente parecía que se reía de uno. La muy pejiguera se le aposaba al hombre como si fuera un elegido. Una tarde se vio solo en el mentidero. Estaba sentado con el sombrero gacho y el palo de caminar entre las manos. Cuando llegaron los que faltaban, el hombre estaba más yerto que cuero espercudido . La mosca de la muerte lo había elegido o es que estaba el hombre de morirse allí en el mentidero.
Esto se cuenta y no se cree.
Un golpe de tristeza lo volvió invisible y también en un habitante de la calle. No sé quién es ni cómo lo nombraba su madre porque él también nació pequeño cómo decía Vallejo.
Se cruza con mucha gente que lo mira de reojo o lo ignora cuándo se pone a mascullar una retahíla de palabrotas mirando al cielo:-— ahhh cabròn da la cara, siiii y una mierda hijo de putaaasa. Se le llenaba de saliva pastosa las comisuras de aquella boca mellada.
Vivir en la calle es un infierno a la vista de todos, a veces el silencio de las buenas personas es una vileza que al parecer es muy llevadera.
El habitante de calle tiene la posibilidad de poner de vuelta y media al Dios de La misericordia o a encontrarse con un ángel de cuatro patas y saber que en medio de la tempestad podrá abrazarlo cómo un niño y mantenerse en la superficie de la Vía Láctea abrazado a un amigo.
Esto se cuenta y no se cree.
A la orilla decía madre que iba la pobrecía a vivir de lo que la mar tenía. En esta bahía la montaña de Guaza amparaba en su tiempo un porís rente casi a sus faldas. Madre iba en el volquete del amarillo a la fiesta de Los cristianos, bien arvellanada y hasta estrenaban delantales de vestir de su puño y tijeras, los aretes eran flores de almácigos. No eran pocas las risas con escandalera después de una larga jornada despedregando y amorosando la tierra. Esta alegría con coraje es un canto a la vida.
Esto se cuenta y no se cree.
Siempre fui pronta pa todo como si fuera alpispa picotiando charco de agua. Le digo que me gusta dar con personas pero me nace más andar sola ¿usted sabe si viene lluvia ?yo sí sé y sin mirar pa Guaza;porque la sal gorda se encharca en la cocina. Le digo la verdad no me acostumbro a ver caer la lluvia es como ir a misa cantada que da gusto.
Antier se aposó una coruja en el ventanillo de la despensa. Era flaca y desplumada la miré y ella también se quedó asechando. Pa mi idea que aquello fue aviso y mal agüero.
Entonces siempre lo mismo que El hermano Pedro ponga la mano encima.
Esto se cuenta y no se cree.
—.Todo se acaba hasta la tierra se va, dijo el cabrero y se le dibujó una sonrisa por debajo de la nariz que le dulcificó aquel rostro al sol y a la intemperie.
Decía Lino que el que puso la luna y el sol en el cielo estampó su firma y que por eso , cuando la noche llega, se le dice El firmamento a ese reguero de estrellas y de mundos.
—. No sé ni escribir, ojalay supiera leer pero sé lo que viene a ser una firma ¿me entiende verdad?
El hombre entonces se quedó mirando pa los celajes, parecía que aquel cabrero se estaba embelesando más de la cuenta.
—• toda la vida buscando ese dichoso garabato ay señor—Dijo Lino rascándose la cabeza, se azocó con las manos los ojos y la luz de la tarde lo alumbró como si fuera santo de palo.
—• ¡Y la tenía delante amigo! Como si fuera poca firma lo que está ahí encima, esto lo digo yo al intre aunque lo piense a un rumbo ¿usted me entiende verdad?
Esto se cuenta y no sé cree.
Constancia y Demetrio nacieron el mismo día en el que un rayo mató al padre y dejó viuda a la madre de ella. Los hermanos no se conocían pero que sabe uno, La providencia y la fatalidad también son hermanas.
Se conocieron en un baile de san Pascual bailón, la madre de Demetrio había hecho la promesa pero la fatalidad le averió una pierna que le estaba dando mucha conversación. Así que no le quedó la falta porque Demetrio la sustituyó toda la noche bailando.
Cuando Constancia bebía agua junto a la destiladera llegó silbando Demetrio un no sé qué. — fuerte cara conocida, dijo ella al verlo llegar. Conversaron un rato debajo de un zapotero y allí se vinieron a enterar que era mucha casualidad que un rayo matara a sus padres. Bailaron toda la noche como si se conocieran de toda la vida. Esto se cuenta y no se cree.
—yo soy el que se lo compró ¿quién sabe? Uno se levanta creyendo que posee el día que viene por delante y ya ve que la certeza, es más grande de la cuenta la mayoría de veces.
Aurelio era entretenido, no era bueno para hacer recados pero era empírico y tenía la voz tronera.
—Guardé, el que guarda tiene, usted sabe, claro sin miserias.
A veces lo pruebo, el cajón, se entiende. Me meto dentro y me hago el muerto, me quedo quieto, como un santo de palo y me entra una bobería y venga a esmayarme que hasta me quedo soñando dormido.
Se acostumbra uno a vivir como un pasmarote de fajulla, como si la vida fuera un remiendo sobre un agujero negro y entonces, se le cae a uno el chamizo y se le afloja el firme y entonces ¿qué sabemos?
Hay gente que se acostumbra a vivir como si nada.
Se ven tantas cosas que dan ganas de santiguarse.
Esto se cuenta y no se cree.
Aquella tarde Juan el Hombre le decían, pegó a caminar por el camino de la Fuente hasta la altura. Desde allí aprendió a mirar lejos y profundo. Desde arriba la mar y la orilla eran lo mismo. Se hizo un cigarro de picadura, se lo fumó a calada profunda y se llenó de silencio. Era Jornalero y muy nombrado porque también en sus ratos libres, tallaba lápidas que daba gusto.
Todo se acaba decía, cuando se acaba la parranda se terminó el baile. Las dichosas lápidas de mármol eran muy requeridas, hasta de la capital las mandaban a pedir.
Se ponía a tallar en un patio cubierto con medio parral al aire. Sentado en una silla rente al suelo. Aligeraba aquella piedra dura, la amorosaba con flores y geometrías, después las regaba en el huerto colindante al patio. Entonces salía su mujer rezongando de veras, otra vez había convertido los canteros en un campo santo y aquello era de ella y en lo de ella, mandaba ella.
Esto se cuenta y no se cree.
Cuando hay dignidad no hay pobreza de espíritu porque el amor propio alimenta el coraje. Una casa no tiene que ser un hogar a la fuerza. Pero para crear un hogar hace falta techo y amparo. Después está de la mano de cada cual y de cada uno hacer por la vida y sembrar un patio.
Le oí decir a mi tía Isabel Toledo, la que se quedó embarazada por el rocío, que a las mujeres les nacían los patios de las manos. Ella tenía uno con el firme empedrado, lleno de helechos y capas de reina, con un ciprés arrinconado que apuntaba alto al cielo, se podía ver desde el camino real.
Mi tía Isabel fue señalada, se amargó de rabia aquella madre soltera que enterró a dos niños hijos suyos del alma.
Un día la visité sin avisar, me puse a caminar sin rumbo a esa hora en la que según madre vienen los asombrosos, a las tres de la tarde Cristo había sido lanceado aseguraba ella.
Ella estaba con un falso enterizo por debajo de las rodillas de color negro. Yo estaba detrás de un balo enorme, mi tía estaba de espaldas terminando de asearse.
Tenía mi corazón como una chirringa dando saltos en mi pecho. Entonces mi tía empezó a sacarse las horquillas del moño. El rolete se desbocó y se le quedó un hueco de greñas canoso, parecía un bucio. Fue colocando las horquillas en el asiento de la chasnera.
Se puso como a cantar bajito no sé qué cosa. Cantaba y después silbaba como se llama a los gatos.
Yo seguía allí mirando tanta intimidad, que me dio un arrebato de pudor, como si la estuviera viendo desnuda y entonces de repente, del hueco del moño empezó a salir una manita y después otra y no sé cómo, saltaron dos niños y entonces ella empezó a jugar con ellos, se chispaban abanando con la mano abierta el agua de los baldes. Mi tía tenía la mirada aguachenta y una sonrisa que le encendía la cara. Nunca había visto sonreír así. No aguanté aquella rebambaramba, madre tenía razón a esas horas se está uno en su casa.
Esto se cuenta y no se cree.
Da igual dónde nacieron estas mujeres jornaleras, todas llevaban la carga como si fuera una corona. Andaban ágiles y conversaban sin afán soportando el peso de la mercancía.
Luisa la de los Machines era una alpispa cargando pescado, lo cubría de mujo y pegaba a caminar desde el rincón de Guasa cruzando el llano azul por donde dicen que estaba la horca de los guanches y bajaba por los riscos de Igara hasta las primeras casas de Cabo blanco.
Descansaba en la escuela que a esas horas estaba vacía porque ni eran las seis de la mañana cuando llegaba. Vendía o hacía trueque, ella no volvía sin nada en la cabeza y hasta cargando con los brazos traía calabazas, gofio, higos porretos y hasta una gallina viva dentro de un fardo. Llegaba decía la gente hasta Vilaflor de Chasna.
Cargaba en secreto un pedazo de pizarra que se había mercado y con un trozo de cal viva, estaba aprendiendo a escribir su nombre. Don Diego Cuscoy era maestro por aquel entonces.
Ella a la vuelta descansaba en la escuela. Se quedaba parada mirando a ver si se tropezaba con el maestro, que tenía a bien enseñarla. Ella le daba porretos o alguna fruta de temporada, hay que ser agradecida decía ella.
Cuando aprendió a poner su nombre en la pizarra ya lo escribía por todas partes. En la arena de la playa, en la tierra de los caninos, hasta en el aire haciendo señas escribía bien grande y claro Luisa Pérez Valentín soy yo.
Esto se cuenta y no se cree.
Uno que se cansó.
Decía Amalio del Pino Poleo bien poco, no era hablador más bien era silencioso, aunque de vez en cuando, le daba por silbar una tonada de aquellas que aprendió de oídas cuando era chiquillo en el llano.
No era estudiado pero sabía el hombre mirar lejos y quedarse aposado como un mosco en el rosal de la Milana. Le daba mucho gusto subirse a los riscos y desde allí poner asunto al valle que se desparramaba en un desorden de volcanes y montañas juradas, salpicado de casas de piedra seca y ventanillos recortados de cal viva.
Aprendió las señas del cielo, a leer el rocío en la hierba, las brumas de Imoque y los agüeros que traían de vez en cuando los cuervos en su pico negro
Amalio arrastraba una pierna deforme y el san Benito de bobo oficial del pueblo. No le gustaba la gente ruidosa, tenía callo para aguantar la vileza que le nacía a los que se tropezaban con él en los caminos. Pero a veces respiraba por la herida y eso le alcanzaba más de la cuenta.
Una vez lo vieron subido en el gajo de una Sabina que se aventaba al vacío desde los riscos de Jama. A esa hora en que se va cayendo el día dicen que lo vieron saltar extendiéndose a lo ancho con el largor de sus brazos y como si fuera un Guirre, dice la gente que salió volando hacia el estruendo del luz que le nace al sol cuando se está muriendo.
Esto se cuenta y no se cree.
La sonrisa era inteligente, la mirada amable a no más poder. Dicen que el retratista, al mirar al objetivo, se dio cuenta de una cosa.
Cada una de ellas lo está mirando y entonces, desde su reino jornalero, se muestran. El rostro es el espejo del alma, virtudes y pecados se reflejan en él. El retratista dio tres pasos hacia atrás y en un estrallo hizo una reverencia, primero inclinando la cabeza al surco y luego, retirando el brazo hacia la banda derecha, con la mano abanó el aire. Aquella cosa tan estrambótica hizo que les tentara la risa y siguieron amarrando tomates y cantando entre ellas.
Qué bonito es vivir -, pensó el hombre, cargando con la cámara al hombro, que se fue caminando por la orilla dijeron y silbando un no sé qué de las antiguas.
Esto se cuenta y no se cree.
Él es mi único amigo, no tengo a nadie en el mundo, a dónde yo vaya siempre va conmigo. Por aquí no pasa nadie, mire usted que el viento es el único que me toca la puerta, como si me llamara y yo respondo pero no hay nadie solo viento.
Se llama Canelo, así lo llamo y viene meneando la cola. Viene hasta mis pies y me mira con sus ojos amielados casi llorosos. Yo también lo miro y no lo va a creer pero hay días que me veo en él, como si fuera yo perro y hasta me vienen ganas de ladrar y todo.
Hay a veces que los dos nos sentamos debajo de aquella higuera a ver caer la tarde por detrás de aquellos riscos. Es casi como si oráramos juntos y el rosario de las horas va pasando como si nada. Él es mi único amigo, eso ya se lo dije ¿verdad? Estoy viejo ya ve, me da por hablar. Pronto vendrá la noche, así la soledad lo deja a uno con un no sé qué en la boca del estómago, serán maguas pa mi idea, ¿entiende?
Entonces Canelo sabe, comprende, viene y se acurruca conmigo en el jergón y la noche no se hace larga sino cobija con la que nos abrigamos los dos.
Esto se cuenta y no se cree.
Aurelia era desconfiada, se acordaba de cuando los días de la guerra. Ella y su madre sintieron el aliento de aquella barbarie muy cerca y por eso apretaban los labios, abrían bien los ojos y ponían tiesas las orejas.
Aquellos hombres en una parada para mandarse el condumio, conversaban por el asunto de lo de la radio qué había comprado la mujer de Adolfo, el encargado. El dueño de casi todo se lo dijo alto y claro desde la montura de su caballo:— esa radio no me gusta Don Adolfo, usted sabe verdad…
El hombre lo miró a los ojos encandilado por la luz del sol y poniéndose de visera la mano. El amo parecía una aparición fantasmal.
Entonces cómo el silencio pesaba más que losa chasnera, el dueño de casi todo lo rompió hablando claro y alto: — Dile a tu mujer que si quiere radio que cante ¿estamos?
Adolfo agachó la cabeza y se fajó la camisa blanca que traía. Se retuvo tanto que se le heló la sangre.
Esto se cuenta y no se cree.
Elpidia y Arabia conversaban de un tal Arcadio de los Cachimba, al que le gustaba leer y dibujar poesía. Pues al imperfecto con todo y eso, le dieron hasta en el cielo de la boca los nacionales. Aquellas mujeres hablaban tan bajo que parecía telepatía. Arabia lo conocía de veras porque una vez bailó una pieza con él, en un baile en el salón de Rafael el de la venta del Roquito. Se acordaba que fue un martes de carnaval. Vino el muchacho emperifollado con una manta mora que parecía un sultán y entre las manos un timple con mucha Isa entre sus cuerdas y le cantó bajito muy cerca del oído: _Carnavalito alegre, chispa segura, Si tú amor no te quiere pa que te apuras, pa qué te apuras niña, para qué te apuras, carnavalito alegre chispa segura. Elpidia se santiguó y escupió para la izquierda.
Esto se cuenta y no se cree.
Un golpe de tristeza lo volvió invisible y también en un habitante de la calle. No sé quién es ni cómo lo nombraba su madre porque él también nació pequeño cómo decía Vallejo.
Se cruza con mucha gente que lo mira de reojo o lo ignora cuándo se pone a mascullar una retahíla de palabrotas mirando al cielo:-— Hahn carbón da la cara, siiii y una mierda hijo de putaaaa. Se le llenaba de saliva pastosa las comisuras de aquella boca mellada.
Vivir en la calle es un infierno a la vista de todos, a veces el silencio de las buenas personas es una vileza que al parecer es muy llevadera.
El habitante de calle tiene la posibilidad de poner de vuelta y media al Dios de La misericordia o a encontrarse con un ángel de cuatro patas y saber que en medio de la tempestad podrá abrazarlo cómo un niño y mantenerse en la superficie de la Vía Láctea abrazado a un amigo.
La mosca
Echar el rato en aquel mentidero sentados rente al suelo, era cosa de la tarde y el último sol de los muertos, era la orilla para los que no llevaban reloj.
Aquiles el de Geroncia la de las Casas altas empezó a escupir más de la cuenta y tosía bien ronco. El hombre ya tenía años hasta en el cielo de la boca.
Allí coincidían cada cual con su derrota, la vida tiene su dolor y sus días de fiesta. Aquella esquina tenía sus asiduos fijos y algún que otro que de vez en cuando se paraba a conversar con el canalero, una autoridad en todo lo que tuviera que ver con el agua.
Lo de Aquiles fue cosa muy comentada. Empezó con lo de la mosca, una que si la mirabas de frente parecía que se reía de uno. La muy pejiguera se le aposaba al hombre como si fuera un elegido. Una tarde se vio solo en el mentidero. Estaba sentado con el sombrero gacho y el palo de caminar entre las manos. Cuando llegaron los que faltaban, el hombre estaba más yerto que cuero espercudido . La mosca de la muerte lo había elegido o es que estaba el hombre de morirse allí en el mentidero. Esto se cuenta y no se cree.
El domingo no se trabaja, es el día que toca ponerse el terno y cambiar el sombrero de brega por el de pretender. La dignidad la pone cada uno como Dios le da a entender.
Los tres hermanos eran viudos y se fueron juntando después de dar a la tierra a sus mujeres. La tremenda es lo que tiene. A las tres se las llevó una chumbasera que parecía la fin del mundo.
Un desconsuelo tan grande sólo se entiende en carne propia decía el de en medio. Los domingos después de misa se quedaban los tres en la plaza. Empezaban conversando qué si al padre cura se le trababa la lengua, que si había mucha o poca gente y cosas así. Después llegaba un silencio gota a gota hasta que se hacía caudal dentro de cada cual. No era incómodo para ninguno aquella quietud. Los embargaba un embeleso tal que había gente que al verlos se santiguaban porque parecían Santos de palo en un retablo al aire por una banda del templo.
Esto se cuenta y no se cree.
Eloísa Almenara se quedó toda la noche poniendo paños fríos en el cuerpo enfebrecido de la niña que ardía como un tizón de brasa.
Por el ventanillo pelado entraba un estrago de luz de luna que amarilleaba la estancia y un cromo de la virgen de los remedios enmarcado de lapas y burgados a la que no paraba de rogar para que la criatura se guareciera. Estaban solas en aquel chamizo en medio del llano recortado por una era que parecí un sol de piedra en la mitad de la noche. Médicos no había en toda la redonda, así que no había otra que cargar con la chiquilla hasta la casa grande y pedir ayuda en las cuartearías.
La madre cargó con ella atrancó la puerta y pegó a caminar en medio de la noche cargando con un candil atravesando aquella negrura. Le iba cantando a la niña Antón Pirulero para que la criatura no se durmiera. Eloísa era sola pa todo y bien señalada porque era madre soltera. Era cabrera y ganó fama de hacer buenos quesos. Las cabras eran del dueño de casi todo. Al llegar a las cuartearías pegó a dar voces que hizo que se desatrancaran las puertas. Allí dio con Argelia la mujer de Miguel el Gripe. Tomó a la criatura y la metieron en una pila de agua fría para que se aflojara la calentura pero aquello no se aflojaba.
Corrieron a la casa grande donde doña Juana Bello las recibió desvelada por las voces de aquel reguero de la gente de las cuartearías que acompañaban a Eloísa y la criatura. Doña Juana muy pronta, mandó a llamar al médico al que fueron a buscar en fotingo. Cuando le pusieron el remedio la niña dejó de temblar y si estaba de morirse no se murió. Eloísa salió al patio y miró de frente el llano, los cardones y los balos recortaban la noche oscura. Allí se cayó de rodillas y le entró una llantina que le mojó el rostro, después miró al cielo, se limpió con las manos la cara y guardó silencio asintiendo como si conversara con alguien.
Esto se cuenta y no se cree.
Padre ya no camina se cansa más de la cuenta y me sabe cargar con él, es livianito como si estuviera hecho de fahulla. Madre lo quiso mucho porque era hombre bueno, pero no aguantó el bicho que se la estaba comiendo por los adentros y se quedó en puro hueso y cuero, cuando se le trancaron los párpados, se la dimos a la tierra.
No buscó otra, se hizo de una pieza, la quiso muy de veras. Fue madre y padre
Ahora padre se quiere morir en domingo porque dice que es buen día para mandarse a mudar. Se quiere morir en lo alto, desde donde se pueda ver el pueblo, un reguero de casas con su plaza, su iglesia y su crucero. Él ya tiene más de noventa y ya le parecen muchos años. Dice que a unos los salva el miedo y a otros los mata el valor.
Hace ya cinco años que cada domingo al caer la tarde lo subo cargado por la dichosa empinada. Al llegar a la cima lo descargo y se queda quieto como si estuviera sembrado. Allí se pone a conversar pero como si se estuviera despidiendo de todo. Al rato después de un largo tiempo, se queda mirando cómo se a posa el sol entre la línea del cielo y el llano. Entonces dice-_ pos va ser que hoy no me voy pero qué bonito se ve caer el sol desde lo más alto.
Esto se cuenta y no se cree.
Agüita y cacharras por un camino muy andado. Las mujeres traían la vida y el agua. A ellas les nacían los patios de las manos porque guardaban como un “dije” de oro y marfil o un escapulario bendito, el recuerdo de la expulsión del paraíso, por eso cuando se averiaba un caldero o se vaciaba un cacharro o se picaba una bacinilla echaban un puñado de tierra y sembraban un esqueje de lo que fuera. El patio florido con su aquello de tierra y empedrado se compartía con la familia y la vecindad, como si fuera un paraíso chiquitito aquí en la tierra.
Hay horas en las que el patio vacío espera callado que venga con su afán aquella mujer que lo guarda y lo aquella, para ser escobado y baldeado a mano abierta con agüita y zotal.
Esto se cuenta y no se cree.
El domingo no se trabaja, es el día que toca ponerse el terno y cambiar el sombrero de brega por el de pretender. La dignidad la pone cada uno como Dios le da a entender.
Los tres hermanos eran viudos y se fueron juntando después de dar a la tierra a sus mujeres. La tremenda es lo que tiene. A las tres se las llevó una chumbasera que parecía la fin del mundo.
Un desconsuelo tan grande sólo se entiende en carne propia decía el de en medio. Los domingos después de misa se quedaban los tres en la plaza. Empezaban conversando qué si al padre cura se le trababa la lengua, que si había mucha o poca gente y cosas así. Después llegaba un silencio gota a gota hasta que se hacía caudal dentro de cada cual. No era incómodo para ninguno aquella quietud. Los embargaba un embeleso tal que había gente que al verlos se santiguaban porque parecían Santos de palo en un retablo al aire por una banda del templo.
Esto se cuenta y no se cree.
Las hermanas Peralta siempre que iban a la capital pernoctaban en una pensión de la calle San Francisco. Allí se reunían a jugar a la brisca con una modista a la que le decían doña Hermógenes.
Cuando llegó el sobrino embarcado, Eduvigis la mayor de las hermanas lo abrazó la primera. El indiano venía emperifollado y dando olor a Barón Dandi. Lo festejaron con Sansón y mesturado de galletas.
Eduardo era taxidermista y practicaba en secreto el espiritismo cosa que ya le venía de familia. Fueron ellas las que se licenciaron por correspondencia en esa ciencia de conversar con las almas en pena a las que hacían reír para que se les aliviara el asunto. La alegría, afirmaban categóricamente, es luz que viene de adentro y que no se apaga nunca ese fuego ni después de quedarse uno tieso. Dan ganas de santiguarse.
Esto se cuenta y no se cree.
Él es mi único amigo, no tengo a nadie en el mundo, a dónde yo vaya siempre va conmigo. Por aquí no pasa nadie, mire usted que el viento es el único que me toca la puerta, como si me llamara y yo respondo pero no hay nadie solo viento.
Se llama Canelo, así lo llamo y viene meneando la cola. Viene hasta mis pies y me mira con sus ojos amielados casi llorosos. Yo también lo miro y no lo va a creer pero hay días que me veo en él, como si fuera yo perro y hasta me vienen ganas de ladrar y todo.
Hay a veces que los dos nos sentamos debajo de aquella higuera a ver caer la tarde por detrás de aquellos riscos. Es casi como si oráramos juntos y el rosario de las horas va pasando como si nada. Él es mi único amigo, eso ya se lo dije ¿verdad? Estoy viejo ya ve, me da por hablar. Pronto vendrá la noche, así la soledad lo deja a uno con un no sé qué en la boca del estómago, serán maguas pa mi idea, ¿entiende?
Entonces Canelo sabe, comprende, viene y se acurruca conmigo en el jergón y la noche no se hace larga sino cobija con la que nos abrigamos los dos.
Esto se cuenta y no se cree.
A jecho se trabajaba en los salones del empaquetado de la Caldera del rey bajo la sombra de Ichasagua, el Roque era frontera entre las tierras de Adeje y el valle del Ahijadero.
Aquella tarde la chiquilla de Higinia la de Basilio andaba trayendo y llevando el tonel de agua frescas. Allí no se paraba, decía madre que no era poca la alegría que hasta las hacía cantar que daba gusto. El retratista vino en una moto que daba unas estrallos que daba miedo. Cuando entró en el salón y puso la cámara sobre los palos, todas se aquellaron para salir bien guapas. Arsenio tenía agarrado con la mano izquierda un flash de fuego y la otra en la cámara. Cuándo disparó la foto dio un fogonazo que casi deja en el sitio a la chiquilla qué después le entró una llantina. Hasta le dieron una agüita guisada y Doñs Cira la de Caboblanco la santiguó tres veces.
Esto se cuenta y no se cree.
Leonora Negrín curaba la erisipela y santiguaba, también quitaba el miedo. Sabía mirar a la gente, podía ver el corazón literalmente. En el lado izquierdo o rara vez en el derecho, ella podía ver perfectamente al órgano de los sístoles y diástoles, veces le parecía tambor gomero y se le metían las ganas de agarrar las chácaras. Ellas creían que era igual para todo el mundo. Termina una chiflada decía echando la broma. Esos corazones son como el cuarto las papas ya usted sabe, atrabancos y pa cuando se ofrezca y ni fisco de papa. Ay señor Dios delante.
Esto se cuenta y no se cree.
Adela Rancel Martín la de Adoración tenía muchas luces y ya se podía ver en ella, como si fuera lucero o brasa encendida. Tenía maneras de indiana sin haber movido la pata del patio donde nació.
Aprendió a leer con las revistas que le traía una prima hermana de su abuela, que vivía en la capital y que por lo visto trabajaba en la biblioteca municipal.
Muy pronta la muchacha leía de corrido y hasta se puso a leer libros de poesía y de otras filosoferias. Lo hacía a escondidas, en los corrales las gallinas se embelesaban cuando Adela se ponía de rapsoda pero como si anduviera contando secretos.
Como tenía un tío zapatero al que le faltaba una pierna por mor de lo de Filipinas, muy amigo el hombre de leer también a escondidas, escuchaban debajo de una manta una emisora prohibida.
Al enterarse de la triste noticia los dos se quedaron quietos y sin conocer al poeta sintieron una pena grande y pegajosa como si fuera una peste les llegó el miedo y la desconfianza pero como dice Andrea la de las cuartearías, no hay rebeldía sin luz, así que a pesar de todo siguieron leyendo a escondidas.
Esto se cuenta y no se cree.
Valentín el de Benigna llevaba cavilando una nube marronienta desde hacía semana y media. La nube tenía su campo de algodones con el tizne más al centro y azules y blancos por las bandas. Todas las tardes se sentaban al frente pero azocados entre los muros de piedra de la casa y de los corrales. Aurelia y Valentín no quitaban ojo, aquella dichosa nube llegaba y se les plantificaba allí delante.
Aurelia siente si viene o no viene agua, sabe las señas, es media zahorina.Valentín la escucha a ella cuando habla como si contara secretos.
En medio de aquella bondad que les nacía pasaban la tarde, mirando nubes y buscando gotas de agua en el aire como si oraran.
Esto se cuenta y no se cree.
A Lucio Tejera le gustaba la soledad y ella como si fuera una novia lo llamaba con un susurro entreverado en el viento que iba pelando las montañas hasta llegar al hueso.
Se iba el hombre con el Mameluco, aquel dichoso camello que llegó siendo majalulo enrevesado y terco y ahora era para Lucio Tejera como un amigo y compañero, los dos sabían que se tenían uno al otro.
Una tarde de noviembre a mediándose sería, se fueron a buscar la cal para el entierro de María Caína pura calacimbre era de tanta tristeza que le nacía. La mujer se quedó dormida en un Bailadero y dicen que un mosco se le metió por una oreja y allí se relamió de tanto que había. Lo que quedó bien claro fue que la vida le había regalado una buena muerte. Cuando Lucio la encontró Casi no la conocía, una sonrisa encendida transfiguraba aquella cara huesuda de tanto sufrir.
Esto se cuenta y no se cree.
Todavía gobierno mi casa usted sabe, la vida lo lleva a uno y se tiene que saber bogar. Hasta Dios trompieza oí decir y que fue a caer en lo de doña Juana Bello como si fuera un desparpajo, envuelto en un manto de fuego ,que alumbró el llano que daba miedo. Dolores Toledo fue la primera en encaramarse al paño de piedra en el muladar y desde allí vio en un boquete, panza arriba había un viejo en batilongo con barba rala, rala, ralita. Se quedaron mirando el uno al otro, pensando los dos, fuerte cara conocida.
A Dolores Toledo no le faltó tiempo y en el momento le hizo una agüita guisada de toronjil, se la dio ardiendo y se la bebió como si fuera agua de la destiladera. También le ofreció orgullosa un buche de vino mora, que pa los golpes es mano de santo. Agarró la botella el muy confianzudo y dejó a Dolores con la boca abierta y en la mano el vasito de vino mora.
Aquello era su medicina y entre llamar la atención a Dios y perder la medicina va y le suelta alto y claro. — eso no es pa hártese sino un detallito. Dicho y hecho, cuando Dios escuchó eso, cayó en la cuenta y hasta se puso colorado.
Esto se cuenta y no se cree.
Foto: me la mandó madre. Autor desconocido por mí.
Nos alcanzó la tristeza, hicimos lo que pudimos pero todavía seguimos andando, dijo Dignidad Lino con aquella voz igualita al aire que pasa entre los amasijos de caña brava en el humedal del barranco.
Dolores, Dignidad y Esperanza eran hermanas y la guerra las había golpeado, huían de los hombres armados de centellas que violando el pudor de sus entrañas iban dejando un reguero de ruinas.
Dijo Dignidad que ahora su corazón no era más que un capirote en un puño cerrado y que hasta demasiado silencio era una advertencia muy pesada como si fuera escapulario de plomo colgado al cuello. A Esperanza se le olvidaba de vez en cuando el duelo y se ponía a cantar Antón Pirulero y hasta Dolores dejaba de tener miedo y sonreía, después seguimos andando y buscando una orilla para empezar de nuevo.
Esto se cuenta y no se cree.
Cuentos Chiquitos
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